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Un idioma para la integración social. Día 22

Por Juan Manuel Chávez

Día 22 (lunes)

NombresEn su poema «El golem», el escritor Jorge Luis Borges plantea que “el nombre es arquetipo de la cosa”, pues en las letras de “rosa” está la rosa; incluso, aventura que todo el Nilo, en la palabra “Nilo”. ¿Hasta qué punto es cierto lo que señala el argentino? O es que, ¿no son más que metáforas literarias?

Me lo pregunto porque hoy, cuando Wafaa llamaba a Khadija por su nombre, caí en la cuenta de que yo lo pronuncio erróneamente. Ni siquiera porque enuncio la “j” como “y” y me valgo de una cierta inflexión para hacer de la palabra una de acentuación esdrújula, logro el sonido arábigo con que Wafaa se dirige a su amiga. En mi boca, el nombre parece un uso defectuoso del español.

Sin embargo, cuando Khadija apareció en el aula hace varias semanas y se presentó, yo repetí su nombre antes de pedirle que me corrigiera si lo mencionaba mal. Y lo hizo, como lo hicieron Pradeep, Okechukwu y Wafaa en su momento. Señalaron el error una o dos veces, en el acto. Luego, Khadija dio a entender que estaba bien. Sospecho ahora que no se refería a los logros de mi pronunciación; sino, coloquialmente, a que ya estaba bien de tanta corrección inútil: coludidas como secuaces, mi garganta y mi cavidad bocal no lograban ser fieles a su nombre, por lo menos al de ella.

Pero, ¿por qué acepta mi desacierto fonético? Si yo suelo corregir la pronunciación de una vocal como la “e” cuando la enuncian como “i”, ¿por qué no enmiendan mis estudiantes el atropello involuntario, pero atropello al fin, contra un componente esencial de sus propias identidades: el nombre? ¿Acaso, en un contexto multilingüístico, es irrelevante la forma como cada quien llama al otro?

El nombre no solo permite identificar una persona y distinguirla de otra, sino que además da cuenta de la procedencia de esta, desde el plano étnico hasta el histórico y religioso. “Okechukwu”, como palabra, me remite al universo africano -sea lo que esto signifique-; “Matthew”, como palabra, al universo anglosajón; lo cual no es desatinado, ya que todo nigeriano es un puente hacia el periodo colonizador e imperial de los ingleses. Por tanto, el nombre es una marca de índole cultural, legada esencialmente por los padres; por ejemplo, de entusiasmo y apropiación de lo estadounidense en los casos en que al bebé se lo bautiza como Usnavy o a la bebé como Madeinusa, de fanatismo futbolero si a un niño del Ande se le llama Ronaldinho o de empatía con las tradiciones si el santoral católico es la fuente para nominar Benito, a quien nace el 11 de marzo de 2011.

Con todo, el nombre, visto como una etiqueta que designa e identifica, suele ser inmutable 1 y, por eso, es una de las pocas expresiones de la identidad que no está sujeta a procesos sociales y el transcurrir de los años, como son las situaciones de nacional o extranjero, de hijo a padre, de soltero a casado, etc. Así, la identidad, que se transforma y fluye, que es múltiple y compleja, se manifiesta en dos dimensiones interrelacionadas: la individual y la colectiva. La primera opera en el plano privado, mientras que la segunda da cuenta de los vínculos de una persona y su desenvolvimiento en el ámbito público. La primera indaga en torno al “yo”; la segunda sobre el “yo” hacia un “tú” o un “nosotros”, además de su situación en un lugar y tiempo determinados.

Ante la pregunta de “quién eres”, la contestación suele ser un yo nominado: “Soy Khadija” 2. Esa respuesta aborda la dimensión individual de la identidad y anuncia su dimensión colectiva. Acogerla implica reconocer la identidad del interlocutor y distinguirlo de otros mediante la palabra que lo designa.

En cierta forma, el nombre sí es arquetipo de la cosa, como poetiza Borges. A una silla le basta con tener patas, una base para sentarse y un respaldar que forme un ángulo de noventa grados -más o menos-, para serlo; aunque existen millares de modelos que difieren en materiales, texturas, colores y formas. Ante la mención de una silla, no imaginamos un laberinto, un tigre ni Buenos Aires. Siglo tras siglo, el nombre se ha vuelto arquetipo de la cosa; por eso la palabra “silla” nos remite a un modelo ideal que es el patrón de todos los demás, como los dibujos de palitos y circunferencias con que los niños esbozan de manera arquetípica al hombre.

Khadija no es Riad ni Kiran, no es Henry. Khadija es Khadija; ¿pero Khadija es [kádiya]?, como yo lo pronuncio cada vez que la invito a intervenir o le propongo un nuevo ejercicio… ¿Khadija es [kadíya]? ¿Es [jádiya]?, o alguna otra variante que intuyo con más defectos que virtudes? Dudo mucho que la dimensión colectiva de su identidad (incluso la individual) salga indemne luego de compartir tres veces por semana durante meses un entorno placentero donde la palabra que la designa se pronuncia inexactamente; pues esta aula es la réplica reflexiva de lo que suele ocurrir en un centro laboral, en una oficina de trámites o en una reunión de sábado entre amigos y desconocidos. Khadija, al consentir con suma gentileza que yo, junto con otros de los estudiantes, la llame de forma equivocada, admite una variante impropia y, por tanto, aprueba un nombre que casi no es el suyo 3. Cede un terreno imaginario de su identidad, y lo hace por complacencia, hastío, interés, indiferencia…; cede un terreno imaginario, aunque no necesariamente reduce su identidad. Afectar no es aminorar; acaso con esa cesión, su identidad se modifica y, como una plataforma, trastocada se amplía.

Quizá exagero al problematizar hasta los niveles de la identidad las consecuencias que conllevan la pronunciación de los nombres ajenos; quizá sí. Pero, ¿y si no? ¿Si imprimen una huella poco más que transitoria en la perspectiva que cada uno tiene de sí mismo? De ser así, habrían razones de mayor importancia que las lingüísticas y las pedagógicas para procurar una estricta fidelidad a unos sonidos que no son meros sonidos (“el nombre es arquetipo de la cosa…”).

Sea cual fuera el caso, lo primero que haré mañana luego de saludar a Khadija será preguntarle otra vez cómo se pronuncia su nombre.

Imagen: Names will live forever III

  1. Si bien existe el proceso legal del cambio de nombre, siempre que sea una justa causa y sin perjuicio a terceros; asimismo, cabe recordar que los significados e interpretaciones de los nombres dependen del contexto en el cual se utilizan.
  2. Aunque en muchas culturas se ponen en práctica formulas distintas. Por ejemplo, Carmen Escalante y Ricardo Valderrama recogieron la historia de un poblador del Ande peruano bajo el nombre de Gregorio Condori Mamani: autobiografía. El relato se inicia así: “Aqopiyamanta kani, ñam tawa chunka wataña llataymanta chayamusqay, Gregorio Condori Mamani sutil” (p.18), lo que se puede traducir del quechua como: “Soy de Acopia, hace cuarenta años llegué de mi pueblo, me llamo Gregorio Condori Mamani” (la versión en español no respeta este orden). De la Autobiografía se desprende que la identidad del protagonista se construye desde lo colectivo a lo individual; donde el espacio del cual se proviene y el tiempo de permanencia junto a los otros son esenciales para la constitución de la persona, al punto que son informaciones que anteceden al nombre propio. Y es que, el valor que tiene la familia -que no se cierra en los lazos sanguíneos, a la vez que ahonda en el pasado y se proyecta al futuro- en el universo quechua hablante explica la preeminencia del “nosotros” para sustentar el “yo”. 
  3. Es distinto el caso de los apelativos, que en muchos sentidos son sobrenombres negociados, ya que ganan terreno de forma paulatina aunque incomoden -qué importantes son los hipocorísticos en las relaciones personales: “Lucho”, “Calín”, “Juanma”…-.

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