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Un idioma para la integración social. Día 23

Por Juan Manuel Chávez

Día 23 (martes)

Colores de pielDespués de terminar el colegio tomé unas vacaciones de verano inolvidables y, al cabo de unos meses, me dediqué durante un año a estudiar álgebra, aritmética, geometría, trigonometría, física y química, con las miras puestas en ser admitido, luego de un examen de ingreso, en la Universidad Nacional de Ingeniería, donde las vacantes son escasas y los postulantes, demasiados. Aprendí, como si fuera algo nuevo, sobre ángulos cuadrantales, poliedros e hidrostática, entre otros muchos temas menos exigentes, como los problemas matemáticos relativos a edades y relaciones de parentesco (“el padre de mi madre tiene treinta años más que el sobrino de mi tío que tiene el doble…”). Amenos y enredosos, no había vuelto a ellos hasta el día de hoy en que abordamos a la familia como tema para el aprendizaje del español.

Por fin, de forma organizada y estructurada, abordamos las palabras que dan cuenta del parentesco: “madre”, “suegra”, “abuela”, “hijo”, “yerno”, “nieto”, entre muchas más. Además, intentamos establecer las relaciones entre personas con preguntas como: “¿el hijo de la hermana de mi padre es mi…?”. Y acertaron tanto como se equivocaron, pues no solo debían recordar el vocablo idóneo sino, ante todo, resolver el acertijo lingüístico. Y qué difícil puede ser dar con el término adecuado dentro de un “clan de palabras”1.

Luego, nos embarcamos en la tarea de describir a uno o dos parientes. Khadija contó que su padre no es ni bajo ni alto, un poco delgado y con bigote. Al final, los estudiantes se describieron físicamente a sí mismos; por ejemplo, Paulinus recalcó que no tiene pelo y Okechukwu, que lleva lentes. Henry dijo que era gordo; aunque, ciertamente, es robusto. Le gustó el cambio de palabra: “soy robusto”, dijo, presumiendo de su porte. “Y negro”, agregó Matthew.

Me sobresaltó la intervención de Matthew, ya que contravenía las posturas mayoritarias y políticamente correctas del idioma español (también del inglés, por recordar otra de las lenguas en que se siguen reescribiendo las significaciones 2). En Perú, por ejemplo, la palabra “negro” continúa en debate cuando se refiere a los afroperuanos; incluso, a su color de piel. Sucede algo similar en Estados Unidos, en torno a los african-american. En Lima se tiende a un vocablo alternativo como “moreno”, que da cuenta de un tono muy oscuro; impreciso quizá, pero que no arrastra el imaginario peyorativo que, social e históricamente, ha socavado al vocablo “negro”. Entonces, les pregunté si se reconocían en esa palabra, si les era indiferente o les molestaba.

Sentí inquietud mientras formulaba la pregunta y esbozaba una explicación, pues un mal planteamiento podría serles incomprensible e, inclusive, ofensivo. Según Concha Moreno García en «Español como lengua extranjera en el contexto escolar: una fórmula para la convivencia» del libro La formación del profesorado en educación intercultural, el docente de los primeros niveles debe intentar un registro simplificado para hacerse entender. Así, su discurso apuntaría, entre otros factores, a ser “breve en las secuencias”, “sencillo en las estructuras gramaticales”, con “un caudal léxico adecuado” y una “pronunciación esmerada” (p. 167).

En síntesis, para Concha Moreno García hay que tener “un conocimiento profundo de la lengua para poder simplificar las explicaciones si fueran necesarias” (p. 179). Y a los albores de ese conocimiento me acogí para cumplir el objetivo al que aspiraba…

Innecesaria precaución; cuanto menos para esta situación. La sencillez de mis estudiantes, que no es simpleza, y la transparencia de sus ideas como la confianza que hemos construido, no dio pie a malas interpretaciones e incomodidades. Henry fue directo: “Está bien… Es que somos negros”. La palabra “moreno” les daba risa, como pueden llevar a cosquilleo las opciones eufemísticas cuando lindan con la impostura y el amaneramiento. Matthew agregó: “Somos negros, profesor”. Yo les expliqué que, en mi país, usar el vocablo “negro” para hablar de una persona estaba, por lo menos, mal visto. Mucho más divertido les fue escuchar que no solo hablamos de ojos negros; sino que muchos de mis compatriotas sostienen tener ojos de color café. “Café”, se rió toda la clase. “Eso se bebe”, dijo Paulinus, divertido… Él, como mis demás estudiantes, pensaba seguramente lo que yo estaba descubriendo en ese momento: usamos la palabra “café” para el color negro cuando queremos hacerlo pasar por marrón. El hecho, gratísimo, es que mis estudiantes del África negra no problematizan su identidad bajo los patrones del color de piel. La palabra, desprovista del estigma que tiene en el medio hispanohablante por su desgaste en el uso y los propósitos con que se utilizaba o se utilizó, parece inocua.

¿No son todas las palabras inocuas? ¿Lo inconveniente no surge con las intenciones que motivan el uso, además de la entonación o la modulación?

Mis estudiantes, que no recelan de las palabras, que no las eluden por su historia o carga social, que son conscientes de la intencionalidad a la hora de hablar, coincidieron al decir que Wafaa es blanca, y yo… “¿Y yo?”, consulté, pues creo no encajar en la estructura del dominó. Okechukwu y Henry me dieron una respuesta territorial con implicancias cromáticas: “Latinoamericano, profesor; sí”. Que es, quizá, una forma geográfica de nombrar al tono de un café con leche.

Las descripciones no solo atañen a lo físico; también ilustran sobre las circunstancias o las cualidades. Por tanto, nos ejercitamos en descripciones más complejas, que daban cuenta de la bondad, la generosidad, la valentía, etc. Y tuve oportunidad de revelarles algo en lo que creo: que cada uno de ellos, también sus compañeros ausentes, es una persona valiente. “¿Valientes?”, preguntó Riad… “Los valientes no tienen miedo”, concluyó. Pero luego de expresar su idea, se corrigió, apoyado por sus compañeros: valiente es quien tiene valor, quien se decide a llevar adelante un proyecto, quien se eleva por encima del temor con gran fuerza de ánimo. “Ustedes son valientes”, les dije… Paladearon las palabras, pues no les estaba diciendo lo que suelen escuchar: que son migrantes, extranjeros, etc.; y con esto, la síntesis de lo problemático o de la necesidad de auxilio; no. Asumían, en comunidad, un aspecto positivo de sus personalidades y una característica que los alzaba sobre la media de personas. Concebirse valientes los hizo sentirse singulares, especiales…; cosa que ya son y eran, pero hacía falta un vocablo que los ayudara a reconocerlo mejor. “Somos valientes”, opinaron dos o tres, hablando por todos.

Poco antes de concluir la clase, sonó por segunda vez el móvil de Okechukwu. La música con que timbraba me parecía caribeña y, extrañado, consulté al respecto. Henry me dijo que no era caribeña; sino, música africana. Paulinus agregó que era una canción cristiana en igbo. Algo de sorpresa revelaría mi rostro, pues al instante complementó Paulinus que ellos son muy creyentes, por lo cual suelen ir a misa todos los domingos.

Por tanto, los domingos escuchan en español un discurso que, si bien conocen en el plano estructural, se modifica semana tras semana; además, comparten un espacio en que posiblemente se sienten cómodos, acogidos, donde reciben o brindan abrazos; y lo comparten no solo con compatriotas o su grupo de amigos, sino también con nativos y extranjeros de otras latitudes. Riad cuenta con el mercado, donde labora, para fortalecer sus relaciones con la lengua española y la cultura que porta; sin embargo, no todos mis estudiantes realizan actividades periódicas que les brinden estas oportunidades. Qué conveniente sería, para el aprendizaje del idioma, que no fuera así; pero lo conveniente no siempre es lo apetecible o lo posible, tampoco lo urgente ni lo necesario.

“Esta clase ha terminado”, les dije; no obstante, Riad formuló una pregunta a partir de mi anuncio: “¿Qué diferencia hay entre: este, ese y aquel?”.  Explicó que en su trabajo se enfrenta siempre con ese trío de palabras… Hay quienes le piden: “Déme ese solomillo y aquel jamón”. El mercado, como un templo o un campo de fútbol, no es un aula para el aprendizaje del español, pero sí una plataforma de interrelaciones para reflexionar sobre la lengua o cosechar inquietudes que allanan el camino del conocimiento.

Foto: http://www.mundofotos.net/nostalgica/684906

  1. Uso la clasificación de “clan de palabras”, que uno a uno agrupan a las familias léxicas, tal como la entienden José Antonio Marina y Marisa López Penas en elDiccionario de los sentimientos: “hemos comprobado que las familias no permanecen aisladas, sino que por medio de referencias cruzadas o de elementos comunes se agrupan en clanes, y estos en tribus. Por ejemplo, nostalgiaañoranza forman un clan” (p. 15).
  2. La redacción del diario BBC Mundo notició, en enero de 2011, que una editorial de Alabama tenía proyectado purgar las novelas Las aventuras de Huckleberry Finn yLas aventuras de Tom Sawyer, del célebre escritor estadounidense Mark Twain, “para que los lectores no se sientan ofendidos”. La palabra ofensiva es “nigger”, que se considera un término despectivo para referirse a los que, según la editorial, deberían ser llamados “esclavos”, de acuerdo con el contexto ficcional. En: http:// www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/01/110105_mark_twain_sanitizado_cr.shtml (consultado el 10 de mayo de 2011).
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