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Un idioma para la integración social. Días complementarios

Por Juan Manuel Chávez

Días complementarios

En unas semanas se abrirá un nuevo ciclo de clases para extranjeros en CeiMigra. El cronograma está planteado, los profesores ya han sido convocados y falta inscribir a los estudiantes de acuerdo con el nivel que tienen y su disponibilidad horaria.

Estas memorias terminan como muchas novelas contemporáneas: relatando en las últimas páginas un hecho que podría ir al principio; no obstante, va al final, como el dato oculto que da una significación más completa y compleja al conjunto.

Una a una, personas de China, Rumania, Nigeria, Senegal, Ruanda, Marruecos, Rusia, India, Bangladesh, Pakistán, Argelia, Dinamarca, Grecia, Argelia, Filipinas y Bulgaria tomaron sus ubicaciones para rendir un examen en el cual se les preguntaba su nombre, procedencia y edad; además, debían llenar los espacios en blanco con artículos en singular o plural al lado del sustantivo, conjugaciones de algunos verbos y relatar cómo es su ciudad natal; para concluir, los más avanzados en el conocimiento del español completaron cinco oraciones con adjetivos idóneos o conectores adecuados. En el aula no todos se desconocían, había un hijo con su madre, un tío con su sobrino, grupos de amigos, varias parejas de esposos. Algunos terminaron la prueba muy rápido; otros, demoraron muchísimo. Hay quienes respondieron, con errores, exclusivamente las tres primeras cuestiones; uno solo logró resolver las dos páginas enteras.

Se tiene convenido que la prueba escrita es un elemento que da nociones sobre el nivel de los futuros estudiantes; no más, ya que el dictamen definitivo se obtiene luego de una breve entrevista con cada uno. Por tanto, tuve la oportunidad de conversar en español con cuarenta personas que estaban frente a mí porque no hablan este idioma.

Entrevisté, con el auxilio de una compañera o auxiliando a otro, según el caso, a un danés de ancestros egipcios que nos contó sobre los famosos Jardines de Tivoli; a un chino que, con un rostro de alegría, enfatizaba lo importante que es aprender español; a una compatriota suya que hablaba el inglés que venía aprovechando de las películas; a un senegalés que llevaba seis años en España y un mes intentado expresarse como un londinense, gracias a su libro de aprendizaje veloz; a un griego que podía conversar también en alemán y húngaro; un rumano que me mostró su título universitario en Informática luego de contar que no consigue y no consigue trabajo; un bangladesí que, ante mi ignorancia sobre la ubicación exacta de su país, detalló su ubicación y geografía tan bien que casi no lo matriculo por su amplio conocimiento del idioma; una nigeriana que evocó su fecha de independencia y las celebraciones nacionales; una señora de Rusia que prefería no responder a ninguna de mis preguntas, aunque luego contestó varias; una búlgara que hablaba además ruso y otro nigeriano que hizo el esfuerzo de dar sus señas y elegir sus horarios en italiano, pues entendía poquísimo de español; una argelina que también estudiaría valenciano por las tardes; una marroquí que resolvió la primera página con palabras que parecían trazadas en árabe; un ruandés que recordó de forma emocionada su patria, donde el genocidio de 1994 es una herida del pasado y considera extinguida la discriminación étnica o la sed de venganza; y decenas de personas más, singulares, generalmente abiertas a los demás; timoratos los menos, casi todos resueltos y animosos, algunos avergonzados por la prueba mal rendida y otros muy dispuestos a saber en qué erraron. Cuatro mujeres llevaban la vestimenta típica de su región, en India y Pakistán; y cinco portaban un pañuelo en la cabeza. Muchísimos daban a entender que no conseguían una ocupación, fuera de estas sesiones que llevarán tres veces por semana; y unos cuantos mencionaban su empleo en labores de construcción, como el caso de un nigeriano en calidad de peón; en negocios familiares, como varias jovencitas de China que son camareras o dependientes en las tiendas multiprecio; o en hogares de la Comunidad, como la filipina que cuida por las tardes y noches a unos mellizos. Decenas de personas que, si bien proceden de culturas diversas, terminaron por no ser tan diferentes entre sí, pues cuentan con lenguas en común para tender lazos frente a lo disímil, han coincidido antes en algún otro país o comparten, para sus grandes preocupaciones, la situación de irregularidad administrativa; o, sencillamente, se acogen a la procedencia continental para establecer el nexo de vinculación. Católicos, hindúes, ortodoxos, musulmanes, budistas… todos aguardaban sentados, luego de sobrellevar una prueba y practicar algo de la lengua local, para dar por concluido el proceso de inscripción con el fin de iniciar sus clases de español.

Pero no solo eso. La presencia de cada persona en las aulas es una muestra vivencial de la necesidad que tienen de integrarse y, sobre todo, la disposición de tiempo como de esfuerzo para llevarlo a cabo. Ahí estaban, tranquilamente, ejerciendo por lo menos un derecho más, empoderándose de una condición humana que ninguna situación de extranjeros les puede regatear. Uno de ellos, con dificultades de vocabulario y pronunciación, se animó a comentarme que era la primera vez que hablaba por tanto tiempo, tres o cuatro minutos, con alguien en español. Se veía emocionado… Y yo me sentí un privilegiado. Emocionados parecían todos de descubrirse entre sí, adecuando las características de sus culturas y experiencias individuales para acercarlas a las del otro, que se avecindaba también con interés y flexibilidad. Al verlos juntos, quedaba claro que son una realidad humana e histórica y no un problema coyuntural, que son una contribución social y no una amenaza, que implican una oportunidad de desarrollo económico e interpersonal y nunca, el producto de tragedias que conlleven a la asimilación, como neciamente se ha etiquetado a las corrientes migratorias durante años de políticas equivocadas, noticias mediáticas ignorantes e, incluso, posturas abiertamente hostiles de parte de muchos líderes de opinión.

Y también estábamos nosotros (¡qué vocablo este!… Puede aludir a una pareja que se presenta ante los demás, una familia que se va de vacaciones, todo un pueblo que organiza una festividad patronal, una nación que compite en las Olimpiadas, un continente que poco a poco se libera de los yugos dictatoriales o la humanidad en pleno que reconoce su pareja humanidad), un “nosotros” que no excluye sino describe, un “nosotros” que con trato digno, palabras idóneas y acciones genuinas en el rol de administrativos y docentes, llevábamos adelante la ocasión de ser un escaño más de ese prolongado puente hacia la integración; esa integración que solo se entiende en el marco del respeto a las costumbres y las múltiples prácticas, en el respeto de los derechos fundamentales y su universalidad.

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