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Un idioma para la integración social. Día 24

Por Juan Manuel Chávez

Día 24 (miércoles)

evaluaciónHoy no fue el último día de clases; pero lo parecía, ya que tenía listos los certificados de asistencia de la mayoría y un simulacro de evaluación a libro abierto en mis planes.

“No es un examen”, les dije, mientras repartía varias hojas con un conjunto de preguntas y respuestas para completar.  Generalmente, las separatas que entrego a mis estudiantes contienen explicaciones teóricas, ejercicios desarrollados y otros para practicar; pero las hojas de hoy estaban plagadas de espacios en blanco con indicaciones como “escribe”, “rellena”, “relaciona” y “describe”. “¿No es examen?”, consultó Henry, poco convencido.

El primer bloque de ejercicios consistía en diez frases, mal escritas, que debían corregir en los planos gramatical u ortográfico; sin embargo, varios estudiantes fueron más allá: en expresiones como “¿me prestar tu libro?”, modificaron la palabra equivocada y agregaron una formula de cortesía: “¿me prestas tu libro, por favor?”. Gracias a contribuciones de esta naturaleza, me siento tentado a pensar que están adquiriendo el español no solo como la mera herramienta para comunicarse con los demás, sino como una herramienta que es muy amigable para la relación que establecen y establecerán con otras personas.

Los siguientes ejercicios consistían en formular preguntas a las respuestas brindadas. Por ejemplo, frente a una contestación como “soy profesor”, mis estudiantes se inclinaron por las siguientes preguntas: “¿cuál es tu ocupación?”, “¿a qué te dedicas?” y “¿cuál es tu profesión?”. Tal abanico de posibilidades dejó insatisfecho a Matthew: “hay abogados que están en el paro”, dijo. Es decir, desempleados, que posiblemente no se dedican a nada en este momento. Y, por supuesto, no todos lo que se ocupan de algo ostentan una profesión o esta coincide con su actividad laboral. El escepticismo de Matthew abrió la posibilidad para enfatizar lo importante que es la precisión para comunicarnos. Una consulta mal formulada puede conllevar una respuesta improductiva; incluso, su defecto la llevaría a ser irrespetuosa. Ante la pregunta de “¿cuál es tu profesión?”, Paulinus podría verse forzado a indicar: “no tengo”; en cambio, cuando le preguntamos “¿cuál es tu ocupación?”, él informó con un gran sonrisa: “estudiante”.

Un viejo refrán español suele recordarnos que no hay palabra mal dicha sino mal interpretada; no obstante, me gusta pensar que no es así, pues el pacto comunicativo entre las personas implica esforzarnos porque el receptor comprenda nuestro mensaje en razón de las virtudes con que fue expresado. Y si no se logra el objetivo, qué grato es aclarar.

Existe un chiste breve y viejo que viene a cuento:

-Almirante, se aproximan veinte carabelas.

-¿Una flota?, marinero

-No, mi Almirante… Flotan todas.

Matthew ha sido ese marinero que no rehuyó a la duda, la tomó con buen humor y aclaró lo que es preciso. Es posible que, al final de esta parte del camino, no solo se están apropiando de un nuevo idioma; sino, también, comparten todos una idea de responsabilidad competente en torno a su uso.

Del mismo bloque de ejercicios, ante la afirmación “francés e inglés”, coincidieron al plantear como pregunta: “¿qué idiomas hablas?”. Y les gusta esta pregunta, porque los lleva a conversar asimismo del árabe, del igbo, y de las varias lenguas que quisiéramos dominar. Mis estudiantes son personas ávidas de conocimiento, interesados por saber si en México o en Perú también decimos “coche” y cómo se inicia una conversación en italiano. A su vez, parece que disfrutan imaginando los lugares que nunca han visitado y que su profesor o el de al lado sí. Quizá es uno de los signos de nuestra condición de extranjeros, de migrantes: la ambición atractiva por el tránsito y los lugares ajenos; la capacidad para la sorpresa, la avidez por lo distinto, la apertura a la diferencia y la nostalgia por la tierra.

Frente a la contestación “porque me gusta comunicarme con personas de otros países”, optaron por dos cuestionamientos similares: “¿por qué aprendes un idioma?” y “¿para qué aprendes español?”. No obstante, la respuesta de este simulacro de evaluación parecía lejana a sus realidades… “Porque me gusta comunicarme con personas de otros países” puede tomarse como el testimonio del turista que va al extranjero o del viajero que proyecta una nueva aventura.

En la Comunicación del año 2007 de la Comisión Europea, citada en el libro Enseñanza de la lengua a inmigrantes de Fernando Villareal, se expone:

Los inmigrantes pueden verse atrapados en un círculo vicioso en el que el acceso al mercado laboral esté restringido debido a los escasos conocimientos lingüísticos y esto impida el desarrollo de tales conocimientos a través del empleo y la formación. Aprender la lengua del país de acogida puede ser particularmente importante para los inmigrantes que en caso contrario pueden verse cortados de su nueva sociedad y tener dificultades para ayudar a sus hijos a integrarse en la escuela (p. 14-15).

Y es que, para muchos, como es el caso de mis estudiantes, el conocimiento y dominio del español no responde a un asunto de gustos o amenidades sino a uno más imperativo. Ellos coincidieron entre sí y con la Comisión Europea al dar su respuesta a la pregunta de por qué estudian esta lengua: “porque la necesito”, dijo cada uno. Una necesidad de variada índole, pues ciertamente las posibilidades de trabajo se limitan bastante si uno ignora la lengua del potencial empleador; además, se limita la capacidad de entender las acciones, perspectivas y cosmovisión de las personas nativas, ya que los idiomas dan cuenta de los universos culturales que les son inherentes; y también necesidades de orden legal, porque a la postre, quien tiene la intención de nacionalizarse en la Comunidad Valenciana al cabo de años y años, ha de cumplir con el requisito de hablar español.

Josep María Felip i Sardà, Elisa María Núñez y Mónica Ortega, en el texto «Binomio identidad – integración: Québec, Cataluña y la Comunidad Valenciana» de la Revista valenciana d´estudis autonòmics, aclaran este último aspecto:

En la Comunitat no es preceptivo para poder integrarse en el territorio el conocimiento de la lengua minoritaria sino que el nuevo valenciano puede conocer la lengua imperante a nivel estatal, el castellano, o el valenciano, lengua propia de la Comunidad Valenciana. Recordar, por último, que del artículo sexto del Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana se desprende que el valenciano es un derecho pero no un deber mientras que el castellano es un derecho y un deber a ser conocido por todo ciudadano de la Comunidad Valenciana (p. 170-171).

Por una razón así también suele ser importante concluir satisfactoriamente las clases y obtener el certificado de la Fundación CeiMigra. Si bien este no especifica cuánto saben los estudiantes del idioma, hace constar su “aprovechamiento” (que puede entenderse como la obtención de un beneficio) del curso de “Español para inmigrantes”. El certificado, firmado por el Director Gerente, con el sello de la institución y especificaciones de fechas de cierre e inicio como duración total en horas, es un documento que refiere el progreso que tienen con la lengua y permite vislumbrar la conquista de cada uno en el camino de la integración; además, me parece que es una evidencia del interés que muestran por la cultura española e hispanohablante en general, un interés proactivo y que rinde frutos más allá del mero plano lingüístico.

Cuando entregué los certificados a Khadija, a Pradeep, a Henry, a Riad, a Okechukwu, a Matthew, a Paulinus (y guardé los de Wafaa y Kiran, que no pudieron llegar hoy al aula), vi en los rostros de cada uno alegría. Y qué alegría se siente con ellos; creo que, incluso, experimentaban una mayor satisfacción que la mía: la tarea formal ya la tenían concluida, al margen de las dos semanas extras para repaso y complementación que tenemos por delante; por el contrario, yo negociaba mi buen estado de ánimo con la pena por las ausentes: Xiao Li y Binta dijeron “hasta mañana” hace varias semanas, y nunca volvieron. La docencia también sobrelleva tránsitos en los que no hay más que el silencio.

“Confluyen muchos factores para que exista un índice importante de asistencia discontinua” (p. 198), sostiene Alfons Formariz en su artículo «Políticas de formación de personas adultas inmigradas. Cuestiones generales», del libro Educación e inclusión social de inmigrados y minorías. Lamentablemente, quizá basta con una sola para que se vuelva una inasistencia definitiva.

Si todo el texto fuera una novela o estas recientes páginas un cuento, ahora debería contar lo que ocurrió con Xiao Li, de China, y Binta, de Senegal… Narrar por ejemplo que una volvió a su país y la otra obtuvo un trabajo que le impide continuar estudiando; puesto que en las novelas y los cuentos se suele relatar lo que ocurre con los personajes, más aún si desaparecen de improviso. Pero lo que estoy escribiendo no es un ejercicio ficcional sino las memorias de una actividad tan laboral como grata, y, por tanto, hay personas en vez de protagonistas o villanos; personas que se quedan y personas que se van o no regresan. Así, no hay final feliz, ni siquiera final triste; sino, verídica incertidumbre.

La vida dentro del aula, como la vida en tantos otros ámbitos, impone este tipo de experiencia, desprovista de moraleja, exégesis y metáfora. Densa experiencia, al igual que la alegría y la satisfacción que compartimos ahora que nos marchamos hasta el próximo lunes.

Imagen: http://www.flickr.com/photos/91485322@N00/1393615416

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